De pequeña, mi madre siempre evitó darme cualquier tipo de responsabilidades como mandarme a comprar el pan, o huevos al colmado de al lado… dejarme ir sola al colegio o incluso darme las llaves de casa (aunque mi madre estuviera siempre cuando volviera). Ella daba por hecho que sería incapaz de efectuar con éxito cualquiera de estos actos; que con el dinero en vez de pan o huevos, compraría chucherías, que de camino al colegio me entretendría y nunca llegaría o que perdería las llaves…
Una vez una vecina, amiga de mi madre, me pidió que esperara a su hija a la salida del cole y que volviéramos juntas para casa. Yo en ese entonces ya iba sola al colegio y la hija de la vecina al tener menos edad que yo, todavía no lo hacía. Mi madre insistió y me recordó más que suficientes veces la tarea que debía de hacer a la salida.
Una vez finalizadas las clases al medio día, mi mente sólo podía pensar en una cosa: en jugar; hacía pocos días que me habían comprado una tortuga de agua y durante todo el camino a casa, mi única ansia era llegar cuanto antes para poder jugar con mi nueva y única mascota.
En la puerta de casa estaba mi madre con la vecina esperando; mi madre esperándome a mí y a que hubiera cumplido con mi deber, la vecina esperando a su hija.
Para la decepción de ambas, aparecí sola, con la cabeza en las nubes y sin haber llevado a cabo el acto que me habían encomendado.
La vecina tuvo que ir corriendo al colegio a recoger a su hija, que posiblemente estaría al cuidado de la profesora. Ni la vecina ni mi madre me perdonaron mi acto de irresponsabilidad. Incluso yo, hoy en día, tampoco me lo perdono y me pregunto si todo esto me ha servido para aprender de ello o para generarme un trauma.
Toda exitosa empresa hoy en día realiza estudios financieros, planes de marketing, mide sus capacidades actuales y cuando desarrolla una estrategia de expansión o crecimiento, estudia y analiza cuidadosamente las cualidades de sus potenciales trabajadores, así como el número de puestos vacantes antes de abrir una candidatura. Hasta yo misma he tenido que hacer alguna vez, en alguna asignatura durante la carrera, algún cálculo de esa índole; nada demasiado complicado.
Siemens no lo ha hecho y si ha sido afirmativamente el caso, deberían de pensar en despedir a los responsables de tal errado resultado. Otra cosa muy diferente, es lo que se pueda esconder detrás de lo que a simple vista parece un fallo en los cálculos de las previsiones. Todo apunta a que detrás de todo esto no hay ningún fallo, pues las multinacionales pocas veces se equivocan y menos, cuando hay dinero de por medio.
Desde que me contrataron me pregunte por qué razón una empresa contrata a unas 20 personas para ofrecer soporte informático en español, portugués, francés e inglés (lenguas maternas), sin antes saber con certeza el volumen de llamadas que se recibirán en dichas lenguas. No siendo poco esto, de las personas contratadas ninguna posee conocimientos informáticos.
Yo soy una de esas 20 personas. Empecé hace 1 mes aprox. y todavía no he recibido una sola llamada en el idioma por el que me han contratado. Hago mi trabajo en alemán e inglés y nunca antes he visto las aplicaciones a las que doy soporte. La calidad en el servicio que yo, junto con las otras 19 personas, podemos ofrecer deja mucho que desear. Unos disimulan mejor que otros la carencia de conocimientos y consecuentemente de motivación y entusiasmo. Unos lo toman como un juego, el conocido juego del mínimo esfuerzo a cambio de un sueldo a final de mes, sin aspiraciones, sin inquietudes ni preguntas, otros se esfuerzan rompiéndose los sesos en intentar entender la lógica de todo este tinglado.
Yo pertenezco a estos últimos y he logrado averiguar la razón de tal error. La razón es que no hay ningún error. Siemens a penas paga el 25% de nuestro sueldo y de ese porcentaje además recibe una subvención por integración de emigrantes en paro (comunitarios y extracomunitarios). El resto de nuestro sueldo lo paga el equivalente del INEM en Alemania. La razón por la que no se requerían conocimientos informáticos para el puesto de trabajo está bien clara: cuanto menos sepamos, mejor.
De alguna manera, me parece estar viviendo en una escena de la novela 1984 de George Orwell.
Hay momentos en la vida que nunca se olvidan, por más que se intenten esconder o ignorar, esas vivencias permanecen aparcadas en el baúl de nuestros recuerdos y el día menos esperado, algo o alguien nos hace abrir ese baúl y desempolvar lo que creíamos olvidado.
El día que Vincent cesó sus insistentes y desesperadas llamadas, dejé de pensar en él y así su recuerdo fue llenándose de polvo. Su incesable presencia, sus historias sobre épocas pasadas y la música que me acompañó durante un año de mi vida, de repente, se borraron y ni siquiera eché de menos una sola de sus muchas palabras, ni pude recordar con claridad la melodía de su guitarra que tantas veces había escuchado. De repente y a partir de ese día todo se borró, o lo borré para llenarme de libertad, de aire fresco y de nuevas ilusiones.
Casualmente, ese mismo día S. apareció en mi vida, él llenó mi móvil con sus mensajes y yo los huecos con ilusiones, con esperanzas y con sonrisas de adolescente. Esperé sin esperar y mientras tanto soñaba como lo hacen los niños, con el alma blanca y el corazón lleno de ilusiones. Un día, como sucede en los cuentos, el sueño se hizo realidad.
El recuerdo de Vincent queda ya tan lejos… como si le hubiera cubierto un desierto de arena. De vez en cuando, y posiblemente más a menudo de lo que me parece, pienso en él y me pregunto cómo será su vida sin mí, deseando que sea tan buena como lo es la mía sin él.
Planee el ataque y la coartada. Me acompañaba la fuerza y la convicción y me armé no sólo de amor sino también de valor. Envuelta en sus brazos y con los más sutiles movimientos desenfundé el arma y apunté a su espalda con intención de atravesarla y llegar hasta lo más hondo de su corazón para herirle de muerte. La herida que le causé le inmovilizó por unos momentos y me propició ventaja en la batalla. Le vi herido a mis pies, sus ojos pidiendo clemencia y respuestas se chocaron con el hielo de los míos. A penas sin fuerzas lanzó la granada y todo explotó a mi alrededor. Mis ojos se nublaron y el miedo paralizó mi cuerpo, el mismo miedo que me había abandonado hace meses. Escalofríos erizaron mi piel y se mezclaron a la vez con un calor que me arropaba y que luego me quemaba, me sentí flotar y perdí la noción de todo.
Una vez finalizada la batalla, nuestros cuerpos heridos se alejaron, pero no sin antes haber jurado fidelidad a nuestro pacto: Carpe diem quam minimum credula postero.
1 año y 10 meses más tarde y después de innumerables e insistentes llamadas a Correos y a DHL, así como amenazadores y más tarde cansinos y repetitivos e-mails al superintendente de asuntos exteriores de Correos, cuyo nombre es digno de alguien que posee un título nobiliario, conde, al menos. Digamos pues que el señor “conde” el cual esconde sus respuestas a mis e-mails, se ha dignado, al fin, a dar la orden precisa a la persona encargada en el departamento correspondiente en DHL, para que se me sea ingresada la cantidad de 182,99 euros, como compensación económica por daños y perjuicios, provocados por la pérdida no sólo de un montón de ropa y calzado, sino de mis títulos y diplomas adquiridos durante toda mi carrera académica.
Es asombroso que para algo tan simple como esto, los funcionarios de Correos y la rápida y efectiva empresa alemana DHL, gracias a las buenas comunicaciones propiciadas por los acuerdos entre los países miembros de la UE, hayan necesitado 1 año y 10 meses para ingresarme el nombrado importe.
¡Porca miseria!
Mejor voy a ir pensando en qué me puedo gastar el ya no esperado dinero y dejar de darle vueltas a lo que por fin, ha llegado a su fin.
[…] El día que no estuvimos juntos ya no habremos estado juntos, o lo que se nos iba a decir por teléfono cuando nos llamaron y no respondimos no será nunca dicho, no lo mismo ni con el mismo espíritu; y todo será levemente distinto o del todo distinto por nuestra falta de atrevimiento que nos disuadió de hablaros. Pero incluso si aquel día estuvimos juntos, o estábamos en casa cuando nos telefonearon, o nos atrevimos a hablaros venciendo el temor y olvidando el riesgo, aun así nada de ello se volverá a repetir, y por consiguiente llegará un momento en el que haber estado juntos será como no haberlo estado, y haber descolgado el teléfono como no haberlo hecho, y habernos atrevido a hablaros como haber callado. […]
Javier Marías – Corazón tan blanco
A pesar de las críticas y alabanzas que ha recibido su estilo literario; pesado y lento para algunos y exquisito para otros, no he podido evitar poner mis expectativas al más alto nivel al empezar a leer el libro que más arriba cito.
Para mi gusto, y con todo el gusto, doy mi enhorabuena a Marías por atreverse con este atípico estilo literario, posibilidad que pocos tienen debido a la dificultad del mismo. Me regocijo en sus frases largas, interminables, densas, a veces laberínticas. No sólo las leo sino que las re-re-leo, me detengo y las contemplo y me maravillo no precisamente por su contenido escondido, sino por la ordenada y a la vez caótica manera de expresar lo que, con certeza, muchas veces nuestro cerebro ha pensado y nuestra lengua no ha podido decir o nuestras manos escribir.
Cuántas cosas he vivido en esta época y cuánto he aprendido, la mayoría de veces a golpes, pero cada una de las cicatrices cuenta una historia, la historia de los 30 años de mi vida.
Cuánto me queda por vivir, por crear y destruir. Estos 30 años no son más que el inicio de la historia más bonita y apasionante, la que ni libro, ni película alguna pueda superar, porque es la mía propia y yo como protagonista la vivo en primera persona.
Por todos estos años, quiero dar las gracias a mis padres que nunca leerán estas líneas (por falta de medios y conocimientos tecnológicos) y a todas aquellas personas que se han cruzado en mi vida, las que se han ido y las que siguen acompañándome. Todos ellos forman parte de lo que soy.
Gracias a todos por estar ahí, por compartir y por querer.
Los Elasaj me acogieron con los brazos abiertos y me sentí como si en un tiempo lejano, el cual no recuerdo, tal vez en otra vida, hubiera formado parte de ese pueblo.
Los brazos de H. me rodearon con el mismo calor de hace 4 años. Su cuerpo, aunque algo más menguado por el duro trabajo, seguía resultando imponente ante mis ojos.
Entre licores volátiles llamamos a los espiritus del pasado, desenterramos los recuerdos y dejamos descansar las armas para sellar con un beso nuestro pacto: Carpe diem quam minimum credula postero.
Lo que estos meses he estado evitando, midiendo mis movimientos y manteniéndome en silencio cuando palabras eran precisas, ha sido en vano.
La granada, más cargada que nunca, se acerca para encontrarme. Ha olido mi miedo pero desconoce el arma que tengo en mi poder, la más fuerte y preciada arma que este mundo ha puesto a disposición del hombre, la que muchos buscan y pocos encuentran.
Me pregunto si sabré utilizarla, si mi mano será lo suficiente fuerte para desenfundarla y si tendré el valor para herir.
El lunes me adentraré en el pueblo de los “Elasaj”…
Sueños extraños me despertaron en mitad de la noche de ayer. Yo era muy joven, todavía una niña y mi cuerpo se encontraba tumbado en una camilla, distinguía los azulejos blancos, los tubos y maquinas a las que mi cuerpo estaba conectado y a mi lado a Dave Mustain, también muy joven, de hecho un adolescente, con sus pelos largos y rubios, vistiendo una cazadora tejana llena de parches. Cogía con sus manos mi cabeza y me susurraba algo al oído, pero no recuerdo qué.
Me desperté ardiendo de la fiebre. ¿Qué hacía Mustain en mi sueño? – pensé. Lo del hospital tenía su lógica y hasta lo de la edad, pues estos días le he estado dando bastantes vueltas a este tema…
Esperé que el paracetamol hiciera efecto y que al día siguiente me encontrara mejor para la entrevista de trabajo que tenía que bordar, porque desde el primer momento supe que ese puesto era para mí.
Al día siguiente mi cabeza estaba ida, mi cuerpo débil y mis manos temblorosas. Antes de entrar por la puerta me repetí: tu puedes conseguirlo todo, todo lo que tu quieras, y entré a hacer la entrevista más perfecta de toda mi historia laboral. Por supuesto, me contrataron y no por tener los conocimientos que el puesto requiere, sino porque el jefe de recursos humanos me vio tan convencida que me dijo: – creo que eres una de las personas que cuando algo quieren, lo consiguen y eso es precisamente lo que buscamos. Nosotros te proporcionaremos la formación necesaria y tú deberás de poner lo demás.
De esta manera conseguí mi futuro trabajo, en el que empiezo la semana que viene. Pero hoy no solo he conseguido el puesto de trabajo que quería, sino que he aprendido una de las lecciones que más me va a servir en la vida: “querer es poder”.