Bad Karma

•Noviembre 18, 2009 • Dejar un comentario

La vuelta de las vacaciones siempre es dura y sobretodo cuando sabes que las próximas están muy lejanas. El miércoles de la semana pasada volví al trabjo después de una semana de vacaciones. Ese día me sentí como un pájaro al que le quitan la libertad de volar y le encierran en una jaula.

Al día siguiente me desperté desmotivada y tarde. Corrí frenéticamente para coger el bus y de la misma manera bajé las escaleras del metro para alcanzar el que salía en el próximo minuto y zas! mi pie se torció haciéndome perder el equilibrio y mi culo aterrizó de un golpe en la dura piedra de las escaleras. En acto de reflejo me levanté y corrí hacia el metro, que por suerte alcancé. Pero la mala suerte llegó cuando tomé asiento y noté un dolor familiar en el cóccix. El dolor cada vez era más agudo y una serie de recuerdos me vinieron como flashes: Hambug, mitfahrgelegenheit, asiento en la furgoneta equivocada, dolor, dolor, dolor, Berlin, médico, hueso fisurado, dolor… temí lo peor y una vez hube llegado al trabajo en vez de entrar llamé por teléfono informando de mi accidente y cogí el metro de vuelta para ir al médico.

Esta vez el golpe no me rompió el culo como la vez pasada,  pero ha repercutido de tal manera en la columna y en los escasos músculos que la protegen, que hace que tenga la espalda totalmente contusionada.

Ese día, antes del accidente tuve la misma sensación de un niño que no quiere ir al cole, que sabe que le esperan horas de aburridas clases y el momento de jugar está todavía muy lejos. Yo ese día no quería ir al trabajo y la razón del accidente, posiblemente, se deba a una mera casualidad, pero me gusta creer en la idea que de alguna manera, el mal humor que me genera ir al trabajo se haya convertido en energía negativa y que ésta hubiera provocado la caída.

Ahora aprovecharé mi baja para descansar, recuperarme y buscar otro trabajo que me de nuevas energías. Una energía positiva que me ayude a levantarme por las mañanas con ánimos para aprender, progresar y avanzar tanto en el trabajo como en la vida, porque al fin y al cabo, lo queramos o no, todo está relacionado.

Una familia de locos

•Septiembre 14, 2009 • Dejar un comentario

Consciente de no haber crecido en una familia normal,  me pregunto si aún habiendo hecho todo lo contrario de lo que he visto y vivido en mi núcleo familiar, puedo denominarme como una persona que esté en su sano juicio.

Desde muy pequeña me he avergonzado de mi familia. Principalmente de mi madre por no tener un comportamiento típico o “normal” pues ya de bien pequeña observé que el comportamiento de mi madre era muy distinto a las madres de mis amigas y por la tanto lo taché de “no normal” sientiendo vergüenza ajena y humillación propia.

El por qué de que mi madre sea diferente a las demás ha sido siempre una especie de tabú, del que nunca se ha mencionado palabra.  La situación se ha aceptado tal y como es, sin cuestionarse nada, convirtiendo así lo anormal de la misma en normal.

Otro miembro de la familia a nombrar es mi abuela paterna, que entró en un estado de locura con la retirada de su período. Lo que al principio no parecían ser más que manías, se fue agravando a medida que pasaban los años, diaganosticado más tarde por malos médicos como demencia senil. El motivo por el que nunca recibió un tratamiento está muy claro; en esa época se iba al médico por una fuerte gripe, por una dolencia que impedía realizar el trabajo diario… pero nadie daba importancia a las cosas de la mente.

Yo conocí a mi abuela siempre loca, pero más que loca, la recuerdo como una persona demasiado inteligente para su época.

Otro caso es mi tía materna, que entró en una crisis nervioso-depresiva con la muerte de su marido, la cual no ha sido tratada debidamente. La gente que le rodea, aldeanos gallegos fieles a creencias fantásticas en “meigas e demos”, no hacen más que agravar su estado psicológico, ignorantes de cómo tratarla y de qué es lo mejor en su caso.

Supongo que cada familia cuenta con historias similares o comparables de alguna manera, pues en cada casa se cuecen habas y lo “normal” cada vez es un concepto más abstracto. Hoy en día, todavía sigue habiendo demasiado miedo a reconocer estos casos, hacerlos públicos y tratarlos con ayuda profesional, pues como no está bien visto ir al “loquero”, se prefiere ignorar el problema y hacer de ello un tabú.

Contar para dejar de recordar y no olvidar

•Agosto 21, 2009 • 1 comentario

Ayer volví a a recordar y a explicar algo que poca gente sabe. Pues esta vez era necesario hacer a esa persona conocedora de lo que sucedió aquella noche de hace 7 años en Krems.

A medida que las palabras salían por mi boca y los recuerdos de ese pasado que nunca quedará lejano llenaban la atmósfera hasta ser casi palpables, iba sintiendo como si una flecha atravesara lentamente mi alma, sentí mi cuerpo menguar y el agotamiento pesó en mi cuerpo como un yugo. Ayer hablaron todos mis sentidos, hablaron de dolor, de rabia y de lástima. Pero cada palabra pronunciada y cada lágrima derramada iba limpiando el dolor dejando mi alma transparente y ligera como el viento.

La tormenta trajo más tarde la calma acompañada de música de violines y de abrazos cálidos y fuertes que no podía devolver, pues mes sentía vacía y dolida como a quien le quitan el mal después de llevarlo durante años.

Todavía me siento rara, más bien vulnerable, tal vez nunca debí compartir con él todo eso. Tal vez fue demasiado para poderlo asimilar, pues ni siquiera yo lo he conseguido después de tanto tiempo. Puede que hayamos creado un vínculo de confianza y de unión que pocas personas tienen. Puede que los fantasmas del pasado se hayan alejado un paso más.

Reflexiones sobre la condición humana

•Agosto 16, 2009 • 1 comentario

No es fácil ver el dios de las pequeñas cosas. La gente dice que son los grandes acontecimientos, los importantes, las fiestas multitudinarias, las que se quedan en el recuerdo de todos sus invitados. Hay quien también opina que lucir objetos ostentosos realzan las capacidades de la persona. Pues qué pequeñas capacidades debe de tener tal persona para necesitar de grandes objetos.

El hombre en su condición natural es por si avaricioso y no se contenta fácilmente con lo que tiene, además de ser envidioso, desando así las posesiones del prójimo a las suyas propias. Esto nos impulsa a avanzar, a querer ser más y mejores, pero ¿hasta qué punto? ¿Dónde se encuentra la frontera entre el crecimiento personal y la avaricia? Muchas veces me pregunto si el hombre es capaz de controlar sus instintos más humanos para vivir en harmonía con su entorno. Y con ello me refiero a no negar la vida a otros seres humanos para la propia supervivencia, a controlar sentimientos nocivos que no suponen más que conflictos, como son la avaricia, la envidia, los celos, la venganza… ¿Es el hombre bueno por naturaleza o es la ética y las conductas sociales las que le “obligan” a comportarse de una determinada manera negando así su condición más humana?

Recordemos que todos los seres humanos nos movemos por necesidad e interés. Nuestros pasos tienen una meta muy determinada; la satisfacción personal. Hasta los actos caritativos sin ánimo de lucro se realizan de la manera más egoísta. Pues el acto de hacer el bien y ayudar al prójimo nos proporciona una cierta autosatisfacción. Mucha gente hace un regalo a alguien esperando que esta persona en el futuro haga lo mismo, otros lo hacen desinteresadamente por el mero placer que proporciona el gesto de dar y hacer feliz a alguien próximo. Ambos casos son igual de egoístas.

La condición humana no nos permite ver más allá de la punta de nuestra nariz. Nos creemos el obligo del mundo y nuestros actos son irresponsables e irrespetuosos. Buscamos la harmonía en nuestro entorno y no encontrarla nos genera impaciencia, ansiedad y rabia. Para ello hemos de empezar por el principio y no esperar algo de nada. Hasta el más tonto sabe que para que crezca una planta se ha de plantar antes la semilla.

Animo a todo aquél que lea esto a que vaya en búsqueda de la harmonía; promete un interesante camino hacia la felicidad.

Por muy sectaria que pueda sonar esta entrada, no, no me he metido ninguna droga alucinógena ni me he hecho miembro de ningún grupo hippie :)

Mejor… imposible

•Agosto 11, 2009 • Dejar un comentario

Por las noches me siento en el balcón, el aire fresco de la noche sopla haciendo bailar las ramas de los árboles y peinando cada hoja. El viento habla y trae un olor a humedo, a limpio, a noche, a bosque y a libertad… huele a Galicia! Los recuerdos me estremecen y erizan mi piel, la felicidad es tal que casi suelta mis lagrimas.

Contemplo el piso, caminando como un fantasma, de puntillas para que mis pasos no disturben la tranquilidad del momento, sin creerme que sea el mío, que ese sea mi refugio, mi casa, mi hogar. Observo cada detalle y me maravillo de la belleza que tienen las cosas cuando uno mismo las construye.

Cuando la noche me despierta y S. duerme tranquilo a mi lado, le observo y toco con la punta de mis dedos su cara y su pelo, muy suavemente para no despertarle. Siendo el corazón grande y lleno de felicidad, de pureza e inocencia, como si nunca hubiera sido herido. Si es cierto que tengo miedo de que algún día todo se desvanezca, sé, como supe la primera vez que le vi, que juntos íbamos a compartir muchos momentos llenos de lo mejor de este mundo, la vida y el amor por todo que ella nos ofrece.

El sentimiento de pertenencia – 1° la construcción de un hogar

•Julio 19, 2009 • 6 comentarios

La semana que viene me despediré de mi pequeño palacio. En las paredes se quedarán guardados, como secretos, lo que en un año y medio entre ellas se ha dicho y se ha hecho. Estas paredes me han visto cambiar y crecer, me han conocido feliz y me han visto llorar, tanto de risa como de pena. Con él empezó el inicio de mi independencia; mi primera casa, para mí sola.

Después de un año y medio, mi pequeño palacio se me antoja cada vez más estrecho, me falta el espacio y el sentido de hogar.

No busqué y tuve la suerte de encontrar, como siempre sucede, lo que sin saber estaba buscando. En cuanto lo vi pude imaginar sus habitaciones vacías llenas con mi presencia, las decoré en mi mente y tuve muy claro que ese era mi hogar y el que va a ser por mucho tiempo.

El sentido de la responsabilidad

•Junio 20, 2009 • Dejar un comentario

De pequeña, mi madre siempre evitó darme cualquier tipo de responsabilidades como mandarme a comprar el pan, o huevos al colmado de al lado… dejarme ir sola al colegio o incluso darme las llaves de casa (aunque mi madre estuviera siempre cuando volviera). Ella daba por hecho que sería incapaz de efectuar con éxito cualquiera de estos actos;  que con el dinero en vez de pan o huevos, compraría chucherías, que de camino al colegio me entretendría y nunca llegaría o que perdería las llaves…

Una vez una vecina, amiga de mi madre, me pidió que esperara a su hija a la salida del cole y que volviéramos juntas para casa. Yo en ese entonces ya iba sola al colegio y la hija de la vecina al tener menos edad que yo, todavía no lo hacía. Mi madre insistió y me recordó más que suficientes veces la tarea que debía de hacer a la salida.

Una vez finalizadas las clases al medio día, mi mente sólo podía pensar en una cosa: en jugar; hacía pocos días que me habían comprado una tortuga de agua y durante todo el camino a casa, mi única ansia era llegar cuanto antes para poder jugar con mi nueva y única mascota.

En la puerta de casa estaba mi madre con la vecina esperando; mi madre esperándome a mí y a que hubiera cumplido con mi deber, la vecina esperando a su hija.

Para la decepción de ambas, aparecí sola, con la cabeza en las nubes y sin haber llevado a cabo el acto que me habían encomendado.

La vecina tuvo que ir corriendo al colegio a recoger a su hija, que posiblemente estaría al cuidado de la profesora. Ni la vecina ni mi madre me perdonaron mi acto de irresponsabilidad. Incluso yo, hoy en día, tampoco me lo perdono y me pregunto si todo esto me ha servido para aprender de ello o para generarme un trauma.

Siemens – un error premeditado

•Junio 8, 2009 • 2 comentarios

Toda exitosa empresa hoy en día realiza estudios financieros, planes de marketing, mide sus capacidades actuales y cuando desarrolla una estrategia de expansión o crecimiento, estudia y analiza cuidadosamente las cualidades de sus potenciales trabajadores, así como el número de puestos vacantes antes de abrir una candidatura. Hasta yo misma he tenido que hacer alguna vez, en alguna asignatura durante la carrera, algún cálculo de esa índole; nada demasiado complicado.

Siemens no lo ha hecho y si ha sido afirmativamente el caso, deberían de pensar en despedir a los responsables de tal errado resultado. Otra cosa muy diferente, es lo que se pueda esconder detrás de lo que a simple vista parece un fallo en los cálculos de las previsiones. Todo apunta a que detrás de todo esto no hay ningún fallo, pues las multinacionales pocas veces se equivocan y menos, cuando hay dinero de por medio.

Desde que me contrataron me pregunte por qué razón una empresa contrata a unas 20 personas para ofrecer soporte informático en español, portugués, francés e inglés (lenguas maternas), sin antes saber con certeza el volumen de llamadas que se recibirán en dichas lenguas. No siendo poco esto, de las personas contratadas ninguna posee conocimientos informáticos.

Yo soy una de esas 20 personas. Empecé hace 1 mes aprox. y todavía no he recibido una sola llamada en el idioma por el que me han contratado. Hago mi trabajo en alemán e inglés y nunca antes he visto las aplicaciones a las que doy soporte. La calidad en el servicio que yo, junto con las otras 19 personas, podemos ofrecer deja mucho que desear. Unos disimulan mejor que otros la carencia de conocimientos y consecuentemente de motivación y entusiasmo. Unos lo toman como un juego, el conocido juego del mínimo esfuerzo a cambio de un sueldo a final de mes, sin aspiraciones, sin inquietudes ni preguntas, otros se esfuerzan rompiéndose los sesos en intentar entender la lógica de todo este tinglado.

Yo pertenezco a estos últimos y he logrado averiguar la razón de tal error. La razón es que no hay ningún error. Siemens a penas paga el 25% de nuestro sueldo y de ese porcentaje además recibe una subvención por integración de emigrantes en paro (comunitarios y extracomunitarios). El resto de nuestro sueldo lo paga el equivalente del INEM en Alemania. La razón por la que no se requerían conocimientos informáticos para el puesto de trabajo está bien clara: cuanto menos sepamos, mejor.

De alguna manera, me parece estar viviendo en una escena de la novela 1984 de George Orwell.

El olvido

•Mayo 29, 2009 • Dejar un comentario

Hay momentos en la vida que nunca se olvidan, por más que se intenten esconder o ignorar, esas vivencias permanecen aparcadas en el baúl de nuestros recuerdos y el día menos esperado, algo o alguien nos hace abrir ese baúl y desempolvar lo que creíamos olvidado.

El día que Vincent cesó sus insistentes y desesperadas llamadas, dejé de pensar en él y así su recuerdo fue llenándose de polvo. Su incesable presencia, sus historias sobre épocas pasadas y la música que me acompañó durante un año de mi vida, de repente, se borraron y ni siquiera eché de menos una sola de sus muchas palabras, ni pude recordar con claridad la melodía de su guitarra que tantas veces había escuchado.  De repente y a partir de ese día todo se borró, o lo borré para llenarme de libertad, de aire fresco y de nuevas ilusiones.

Casualmente, ese mismo día S. apareció en mi vida, él llenó mi móvil con sus mensajes y yo los huecos con ilusiones, con esperanzas y con sonrisas de adolescente. Esperé sin esperar y mientras tanto soñaba como lo hacen los niños, con el alma blanca y el corazón lleno de ilusiones. Un día, como sucede en los cuentos, el sueño se hizo realidad.

El recuerdo de Vincent queda ya tan lejos… como si le hubiera cubierto un desierto de arena. De vez en cuando, y posiblemente más a menudo de lo que me parece, pienso en él y me pregunto cómo será su vida sin mí, deseando que sea tan buena como lo es la mía sin él.

Es tan corto el amor y tan largo el olvido.

Pablo Neruda

Krieg II

•Mayo 17, 2009 • Dejar un comentario

Planee el ataque y la coartada. Me acompañaba la fuerza y la convicción y me armé no sólo de amor sino también de valor. Envuelta en sus brazos y con los más sutiles movimientos desenfundé el arma y apunté a su espalda con intención de atravesarla y llegar hasta lo más hondo de su corazón para herirle de muerte. La herida que le causé le inmovilizó por unos momentos y me propició ventaja en la batalla. Le vi herido a mis pies, sus ojos pidiendo clemencia y respuestas se chocaron con el hielo de los míos. A penas sin fuerzas lanzó la granada y todo explotó a mi alrededor. Mis ojos se nublaron y el miedo paralizó mi cuerpo, el mismo miedo que me había abandonado hace meses.  Escalofríos erizaron mi piel y se mezclaron a la vez con un calor que me arropaba y que luego me quemaba, me sentí flotar y perdí la noción de todo.

Una vez finalizada la batalla, nuestros cuerpos heridos se alejaron, pero no sin antes haber jurado fidelidad a nuestro pacto: Carpe diem quam minimum credula postero.