Estar de más, una vez más

Me harté de hacer de aguantavelas cuando mis amigas iban siempre con el novio pegado, como si les hubiera crecido de repente una protuberancia o una alargación de su cuerpo. Mi amiga ya no era ella sino ella+él y él estaba en cada conversación íntima entre nosotras con un derecho adquirido indebidamente para opinar y aconsejar. Con él se acabaron las fiestas nocturnas, las había sí, pero o iba de candelabro o ésta se trataba de una cita a ciegas con un amigo de él que me pretendían encolomar para que fuéramos dos parejas y no esa incómoda constelación, que por suerte no duró demasiado. Las amistades como los amores se rompen y pasan al recuerdo y ese recuerdo duele por un tiempo y luego pasa al olvido… o más bien un olvido que se recuerda de vez en cuando.

Se recuerda años más tarde cuando a las amigas les crece otra protuberancia que la acompaña en cada momento, ésta más pequeña pero no por ello menos molesta, es la protagonista de cada conversación y de cada actividad que por supuesto está dedicada en exclusiva a la criatura. Mi amiga deja de ser mi acompañante, mi confesora y mi hombro para llorarle mis penas, ahora es solo mamá y ya no tiene ni paciencia y ni tiempo para mi (ni para ella). Y yo que no soy mamá, ni tampoco niñera, pues no tengo ni idea de cómo comportarme con la nueva situación de ella+niño. Otra vez estoy de más… o de menos.

Parejas, familias y demás pesadillas

Observo a esas parejas en vacaciones con sus hijos pequeños. Se ven felices en la playa o en la piscina del hotel, se les ve relajados, unidos y orgullosos y me pregunto si tener hijos une a la pareja a más bien la separa. Une despertarse constantemente por las noches por los llantos del bebé hambriento? Une turnarse para llevarlo y recogerlo de la escuela, cuadrando turnos, sin ver a la pareja más que en la cama donde se cae rendido después de haber jugado, bañado y leído cuentos para dormir? La pareja deja de ser pareja para convertirse en cuidadores a turnos. Y eso en caso que haya una pareja; ni quiero imaginarme a una persona sola llevando todas eas tareas. Me pregunto si todo ese esfuerzo y pérdida de autonomía es realmente compensado por los abrazos, las sonrisas y el amor incondicional de la criatura. Y qué pasa con los berrinches, con la pubertad más tarde y con el odio y los reproches por haber fracasado en el intento de cuidador/a, educador/a, papá y mamá.

Mi poca convicción de que la maternidad sea la decisión más acertada para mis futuros años y que ésta me garantice un bienestar y felicidad personal es muy dudosa.  A añadir la falta de una persona con la que compartir esta experiencia, alguien con el que se estará vinculado para el resto de la vida, se (le) quiera o no.

Muchas veces me pregunto por qué la gente tiene hijos. Es fruto de un proceso hormonal que se genera a una determinada edad y se potencia con el enamoramiento de una persona a la que se idolatra y se le ve como perfecto/a padre/madre? Se tiene hijos como inversión? Para no estar solos en la vejez? Muy errada inversión y triste futuro nos espera si además de ser cuidador de nuestros propios hijos hemos de serlo también de los padres.

Veo así a muchas familias. Sin tiempo para nada y menos para uno mismo, ni siquiera para plantearse una vida mejor. Me pregunto si esas familias también me observan a mí en las vacaciones, tumbada en la playa leyendo un libro, sola y libre. Tal vez les de pena mi soledad, o tal vez deseen tener un poco del tiempo que me sobra. Intercambiarnos por un momento, yo ser ellos y ellos yo, para probar y comparar y tal vez… tal vez querer volver a la realidad.

Balance 2016; a lo perdido y a lo ganado y a lo que ni se ha ido ni se ha quedado

Este año aprendí que no hay que jugar con la vida porque ésta siempre tiene la mejor carta, que es mejor dar un paso en suelo firme que 100 en la cuerda floja. Aprendí que no siempre uno es dueño de su suerte, pero sí de lo que hacer con ella.

Este año me enseño que la verdadera amistad no tiene límites geográficos aunque sí temporales. Conocí gente que se alejó tan rápido como vino, pero no todo ha de perdurar para dejar huella.

Tal vez este año no haya sucedido nada extraordinario, pero no por ello pasará por alto ni estará libre de celebraciones el próximo, cuando mire atrás y me asombre de lo rápido que pasa el tiempo cuando las cosas suceden, sean extraordinarias o no.

En este año que finaliza quiero dar la gracias a Sa. por las locuras y su caro precio, a J por la necesidad de compartir y hacerme partícipe y sobre todo a Raquel, por seguir ahí, cerca o lejos como el coco y como una hermana, que te conoce de toda la vida y te acepta para toda la vida.

Adiós 2016, bienvenido 2017 y que continúe la función!

Celebración de reconciliación

En la generación de mis padres (mi madre del 38 y mi padre del 45) los buenos actos como los logros eran raramente celebrados, como si el festejo y la alegría de haber alcanzado algo u obtenido un bien inesperado o sí esperado después de una larga lucha tuvieran algo de pecaminoso, era bien dicho que el que reía alto lloraba aún más después. En época de miserias no se ha de festejar ni reír demasiado alto no vaya a ser que le faltemos al respeto al desgraciado vecino o al alma del muerto al que hace un lustro se le guarda luto.

Los niños no recibían caramelos por traer buenas notas a casa pero sí recibían cosas más amargas sí éstas no eran buenas. La iglesia enseñó que el camino de la vida debía de ser una penuria y el buen católico un sufridor penitente para ganarse el cielo. Cuánto mal ha hecho la religión! No bastaban acaso las hambrunas o las guerras? Era necesario además hacer infeliz y temerosa a una población para ejercer su control con promesas falsas de un idílico y ridículo más allá que nadie ha visto ni verá?

Yo crecí con estas historias, de esa vida de otro siglo y que distaba años luz a la que yo conocía. Mis padres me dieron el bienestar que ellos no tuvieron pero me metieron siempre el miedo en cuerpo; que si el coco te comerá, el hombre del saco te llevará… los cachetes se convirtieron en bofetadas y los logros y las buenas notas no se celebraban pues siempre podían ser mejor, mientras que los fracasos se tatuaban en la piel.

Ese era el premio de vivir en la nueva sociedad del bienestar de los 80 pero mamar una guerra y una dictadura.

Mis padres lo hicieron lo mejor que pudieron pero fracasaron. En la pubertad les tenía odio por no ser los padres ejemplares, años mas tarde el odio se convirtió en rencor por lo mal que me han hecho, ahora solo siento pena por ellos, por no saber celebrar, por no haber disfrutado su nueva vida, por haber reído tan poco y llorado tanto, por llevar siempre esa cruz del pasado.

Yo estoy en paz y celebro que ya hacer tiempo dejé de fracasar.

Por los que se quedan

En estas últimas semanas han llegado a mis oídos terribles historias de las muertes repentinas -curiosamente todas ellas debidas a un ataque al corazón, del conyugue de una persona conocida.

Ninguna de esas personas estaba ni avisada, ni preparada para ser vividora de tal tragedia. De repente, de un segundo al otro la pareja con la que se ha convivido, compartido, disfrutado, reñido y amado ya no está ni estará más. Imagino que el dolor que se siente ni siquiera es comparable al de una ruptura que siempre guarda un grano de esperanza de reparar lo quebrado. La muerte de un ser querido es irremediable e irreparable y lo único que resta es el vivo, el que se queda llorando y sufriendo los días vacíos y llenos de recuerdos. Vacío que costará llenar y recuerdos que no se olvidarán.

Y es al vivo al que le toca meter en la maleta la ropa del que ya no está y ya nunca se pondrá, cerrar la cuenta del banco y retirar el dinero que no le dio tiempo a gastar, o peor, pagar las deudas que no logró liquidar. Y cada cajón que se vacía, cada carpeta y cada caja llena de cosas que no nos pertenecieron ni nos atrevimos a registrar (o si) es como una profanación. Y tal vez uno quiera esperar y no deshacerse tan pronto de esas cosas y dejarlas donde siempre estuvieron y donde deben de estar, como tendría que estar el que se fue sin avisar, sin maleta, sin adiós, injustamente y sin razón.

El carisma que ni crece ni se hace

Esas personas que siempre han pasado desapercibidas, y no por causa de una intencionada discreción o timidez sino más bien porque la sociedad siempre les ha dado la espalda. Como si fueran invisibles y si nadie se percatara de su existencia ni a nadie le importara. Ya desde pequeños en la escuela, no eran ellos los que tenían un montón de amigos aduladores alrededor. Más bien jugaban solos y se preguntaban qué tendrá el otro que no tenga yo.

Y como la sociedad es competitiva y los perdedores están fuera de juego, ese “nadie” intenta ser alguien mejor, actuando a ser quien no puede, pues se puede copiar la forma de vestir, el peinado, pero no el carisma. El carisma ni crece, ni se aprende, ni se desarrolla. Si no viene de serie, más vale que nos olvidemos de hacer de ridículos líderes inaptos, ni esperemos ser el centro de atención solo con nuestra mera presencia. No tendremos éxitos profesionales inmerecidos, ni una cola de pretendientes ante nuestra casa. Los sábados nos quedaremos en casa si no somos nosotros quienes llamemos a alguien para salir y aún así muy probablemente nos seguiremos quedando en casa. Nadie nos echará de menos en esa fiesta a la que no hemos ido y nuestro nombre será otra vez confundido, nuestra cara siempre desconocida, aún para aquellos a los que conocemos.

Ese “nadie” deberá hacer muchos esfuerzos para tener amistades y conservarlas, deberá estudiar duro para ser competitivo laboralmente, y deberá rogar citas y ser muy pagafantas para interactuar con el sexo opuesto.

Hasta que un día ese “nadie” que sí que es alguien, se canse de copiar y de ridiculizarse y de no ser nadie más que un actor de otro nadie. Un día ese “nadie” será él mismo y a partir de ese día le lloverán amigos, ofertas laborales, citas… y todas ellas serán rechazadas.

Reset. Vida 0.1.

La vida pasa dejando atrás a aquellos que no quieren soltar su pasado y en él viven en perpetua cárcel. La vida pasa desapercibida, en silencio y sin dejar rastro para aquellos que viven en el futuro incierto de sus planificados deseos. La vida pasa sin pena ni gloria mientras se espera, porque siempre se espera algo, aunque como último sea la muerte.

Y mientras tanto uno se entretiene con cosas insulsas, mira la tele, mira al vecino, critica al compañero de trabajo, se enemista con su mejor amigo, se compra un nuevo coche, cambia de peinado, se compra una crema anti-arrugas; pues el tiempo que no pasa es el que deja más huella y se crece en esas reuniones o fiestas en las que todo el mundo aparenta más alto de lo que es.

Hasta un día que uno quiebra, quiebra con todo, con la infelicidad, pero sobre todo con la infidelidad de la propia mentira. Cuando ni el cambio de estilo, ni de peinado, ni de amigos o de trabajo basta, uno se va lejos a hacer otra vida, a pretender ser otro, como nacer de nuevo, resetear el sistema y empezar de 0.

Pero por muy vacía que uno lleve su maleta, uno no está nunca vacío de uno mismo y ese uno mismo se presenta un día, como reflejo en un espejo de lo que un día fue y no debió ser. O sí y no se aceptó y/o no se reparó.

Y mientras tanto la vida pasa con pena y sin gloria para aquellos que la sufren sin vivirla, para aquellos que la malgastan, para aquellos que la ignoran como si el hoy no hubiera pasado, borrando los días malos del calendario como se borraba la pizarra del colegio. Quién se acuerda de lo que escribió el profesor antes de borrar? Quién se acuerda de lo que fui antes de ser lo que soy? La vida, lo que pasa mientras no pretende pasar nada.